martes, 3 de octubre de 2017

Qué responde la poesía?

Qué responde la poesía? Por qué, a pesar de todo y de ella misma, creemos en ella? Qué responde la poesía en la vida del poeta, qué responde la poesía en los otros, aún en aquellos que la ignoran? La poshumanidad es hoy, más poesía que nunca? Cuál es la pregunta que ignoramos?  Por qué sigue siendo respuesta para la mujer y el hombre? Qué responde la poesía? 

Miguelfelipe J. M. 
Sigue colándose entre los instantes hasta nuestro tiempo. Si agoniza o no, nunca lo sabremos, tal vez. De la carne del mundo sigue vistiéndose. No calla, es las cosas. Es nosotros. Y la conciencia de ser nosotros y el misterio que nos roza, allí donde ella se filtra, no nos responde, qué responde la poesía. 

La poshumanidad hoy más que nunca es reflejo. De ahí su condición de después, de más allá en una espiral que cuartea todo posible encuentro de lo invisible. Toda posible certeza de lo improbable. Ha dejado atrás a la que se coloca delante de los espejos. Esa humanidad está sembrada en todo los centros de todas partes. El eco de Giordano Bruno irradia la conciencia desde el fondo de los pasos de la mujer y el hombre de hoy.  Saber con él, o dicho con más rigor, sospechar su certeza, nos hace sentir poiesis en el sentido platónico. 

Somos la escritura de qué espejo? Tal vez, descifrar esta pregunta, responda, qué responde la poesía. Porque debe estar en la raíz de la nada. Somos creación  "la causa que convierte cualquier cosa que consideremos de no-ser a ser". Poiesis. Poesía. Somos verbo. Palabra. La palabra de la nada, del otro o de Dios. 

Somos poesía? De qué somos respuesta entonces. Qué pregunta, de quién o de qué, respondemos. Reflejos de reflejos del reflejo. Dónde está el espejo o el cristal en el viejo silencio? Dónde está la luz que da al cristal o al espejo en la nada y se refleja?

Qué responde la poesía?  

Miguelfelipe J. M.     

martes, 18 de abril de 2017

En la Mañana de agua

Miguelfelipe J. M. Por Anabel Castillo
En la Mañana de Agua

La mañana está cubierta de lluvia    
es la lluvia

Las mujeres los hombres
con sus sombrillas y paraguas
son de agua

Parecen inclinarse sobre el tiempo
en las calles de agua

Puedo ver a través de las personas
porque como son de agua
son transparentes

Las miro desde mi ventana de agua

No cesa de llover en el silencio de sus cuerpos
no cesan de crecer
los ríos tempranos en sus ojos

Han perdido la risa de agua
en sus bolsillos de agua

Si alguien tan solo les dijera
los transparentes que son


Miguelfelipe J. M.
Martes 18/04/2017.-  

domingo, 9 de octubre de 2016

La palabra poética y su temblor.


Miguelfelipe J. M.
Qué es la sinceridad, el latido franco que busca ser en tus pasos? Qué es la verdad de la sangre que inspira al poeta, al hombre, al artista ante el mundo, ante este mundo? Todo surge para ser vendido, mercadeado? Es cierto que el corazón del poeta no puede ir desbocado, sin frenos en la multitud de su dolor; desencanto o alegría de saberse universo vivo, luz de tierra?  

El mundo nos invita a callar la esencia de lo que ladra en nuestros huesos. Cada palabra ha de ser pensada, arreglada; todo sentimiento envarillado, soldado, controlado. Nada debe hervir en las venas. Y lo que se atreva a hervir, debe ser enmudecido. El hombre, la identidad poética, la identidad natural, naufraga ante un mundo que pide, que exige, la duplicidad.

Lo que somos debe quedar en la sombra, observando cómo se desarrolla y enriquece lo que parecemos. Lo que somos, tiembla, humillado, apocado. Lo que parecemos, anda y habla, seguro de su habilidad entre los farsantes. Satisfecho de sus logros, de sus reconocimientos, ondea su apariencia victoriosa.

El hombre está de rodillas, doblado ante el miedo de ser en esta sociedad acorralada por la mediocridad. Ser es un riesgo casi mortal en el siglo pasado. Mortal en este siglo. Los traficantes de la apariencia no perdonan. Y en este anafe decadente, igual se quema el artista, el poeta, el intelectual, el Hombre.

Miguelfelipe J. M.
      


jueves, 31 de marzo de 2016

El dado

El dado en el aire se deshace
sus números dividen la luz
taínos de agua emergen de sus puntos
es la noche que naufraga en suerte de ojos dispersos

Las preguntas ya no importan
o están todas las puerta abiertas o están cerradas  
y eso
es lo mismo

se asume el destino lanzado a la mesa  
por un jugador solitario

Somos su soledad
y el nos acompaña  

El dado quebrantado en pedazos  
hace los caminos del río  
los caminos de la sangre  
los caminos de la luz
y la noche  

Nadie responde
nadie nombra al pie del guayabo
pero danzan las canciones bajo las sombras
de los cuadrados punteados  

En el vacío
quién susurra los pasos
que nos dan el sentido?

Autor
Miguelfelipe J. M.      

domingo, 13 de diciembre de 2015

Cuento de Pedro Peix

EL FANTASMA DE LA CALLE EL CONDE

Pedro Fernández Peix

Un lunes por la tarde vieron a un hombre con armadura por la calle 'El Conde', con el yelmo cerrado, arrastrando un pesado baúl y espada en mano, y luego lo sintieron subir por las escaleras de un alto edificio y encerrarse de un sólo portazo en su habitación.

Esa noche lo vieron con un traje de novia bajo el brazo, recorriendo la calle de "Las Damas", tocando puertas y rompiendo cristales, hollando paredes con su mazo de justas, excavando patios y cimientos, derrumbando piedra por piedra cornisas y balcones en busca de la única mujer que lo había amado y que lo había esperado durante 500 años para casarse.
Ya sonámbulo, lo vieron en la madrugada deambulando por el patio de la Fortaleza y subir a la Torre y hurgar en cada celda con una vela temblorosa en la mano y una espada gris en la otra, estocando la noche.


El martes, ya bien entrada la mañana, casi todo el mundo lo vio atravesar el Parque y lanzar improperios frente a la estatua del Almirante Cristóbal Colón, y luego lo oyeron mascullar una blasfemia innombrable cuando contempló su mausoleo en la Catedral.


Atravesaba las calles a grandes zancadas, con una serenidad temeraria, impertérrito a las bocinas de los carros, sordo a los pregones de los venduteros de dólares y de los predicadores bíblicos, desdeñoso de los letreros foráneos y las siglas impersonales que aparecían en las fachadas, completamente ajeno a la multitud que lo seguía a cierta distancia y ahora a lo largo de todo el malecón, oyéndolo despotricar contra los hoteles, los turistas, los carteles políticos y contra las mujeres sin pundonor que encontraba a su paso.

Así, arrojando imprecaciones y esputos, llegó al Castillo de San Jerónimo, y al encontrar solamente sus escombros, empezó a golpear las piedras mohosas con su guantelete, encolerizado al comprobar que otro imperio había tomado la ciudad.


Entonces, desquiciado y fúrico, viendo en lontananza galeones con enseñas desconocidas, y desconsolado porque jamás volvería a encontrar a su novia, invocó el nombre de una morgana hambreada para que le consiguiera un corcel y nuevas armas de honores y torneos.
Sólo tuvo que esperar segundos para verse montado en potro de caballero, y lanza en ristre arremeter contra los altos y desnudos postes de concreto armado que servían de tendido al alumbrado eléctrico, vociferando obcecadamente que esos eran los enemigos de la ciudad.
Después de lancear cuatro o cinco columnas, se derrumbó con un estruendo metálico y polvoriento, cayendo de bruces al asfalto con todo y rocín. Inmediatamente lo rodearon, le quitaron el yelmo y la armadura, pero no encontraron su cuerpo.


No lo pensaron dos veces para ir a su habitación de la calle "El Conde #15". Forzaron la puerta de su domicilio aparente, y vieron sobre una mesa de caoba sus borrosas credenciales: Generoso Balmoral, contrabandista de rocíos en tierras de ultramar. Al lado de varios planos y cartografías, encontraron y leyeron las cartas de amor que se había intercambiado con su novia a lo largo de cinco siglos. En la primera, fechada en 1498, ella le exponía la codicia y los desafueros de los colonizadores, y en la última, fechada en 1987, le confiaba el acoso sórdido que seguía manteniéndole el imbatible Caballero de La Moneda.

Fue debajo de la mesa que encontraron el pesado baúl. Sólo después de una hora, arrancando cadenas y desportillando cerrojos, lograron levantar la tapa y hallaron en el fondo, una isla recién cortada y de engendrada pureza, fragante de silbos. Pensaron que ese era el regalo nupcial que traía el hombre de la armadura. Pero, decepcionado al no encontrar vellocinos ni joyas ni talegos, decidieron arrojar el baúl al mar.


De repente, antes de dar media vuelta, escucharon la voz de la novia que parecía venir de su osario de musgo: "Ahora estoy cubierta por los despojos de una estirpe indeseable, sepultada por los héroes de la usura, conjurada en mis idilios por los cofres negros del poder, tiranizada en mis sueños por haber trasegado a mi pecho la púrpura armada de aquella foresta aladina que no pudo pulir sus venablos, aún embebida de la dote de mis banderas y corales, ya baldada de tantas gestas, desahuciada en mis limos profundos".


Nadie volvió a ver jamás al hombre de la armadura. Pero todos comprendieron que ella, su novia, era la ciudad.

PEDRO PEIX

jueves, 17 de septiembre de 2015

Poema 5

POEMA 5

Un poema a la muerte
es como herirse la piel con una rosa,
los poemas son los únicos que no pertenecen a la tierra.

Hay días que parecen hechos de llantos,
en que la alegría tiene la forma de una tumba,
y es casi nada,
porque hay ángeles que podan a la tierra sus ramos de dulzura.

Hay que huir, huir, huir...
más allá de las esmeraldas de las hojas. Ya la mano de la fe
dibuja con aceite doloroso,
y es casi nada,
porque la bendición nunca llega en la fecha que se espera.

Frutece el árbol
con promisores avisos a los adolescentes,
y el fuego con sus cien mil lenguas
quisiera cantar su ruina entre las flores,
y hasta las mismas nubes quisieran
hilar su tragedia en las cortezas.

Nunca se encienden totalmente los carbones
del pensamiento, se cumple la voluntad de la sacerdotisa ciega;
pero no hay que apretar los puños mirando el firmamento.
Cuando llegue esa hora
comprende que tu fruto es fecundo
y de antemano lo espera la tierra.

Autor:
Juan Sánchez Lamouth
POEMA 1

La luz de mi ternura ya no ve tu belleza.
Está entre el olvido mi invisible colmena
la soledad de siempre circundada por estas hieles frescas
Hasta mi aldehuela
está gentil como una novia tísica.

Los mismos pájaros cantándole a las madrugadas,
las mismas flores, bailarinas de las estaciones,
la misma tierra con su llaga luminosa,
los mismos hombres vomitando el polvo de los siglos.

La canción de la brisa llega a mis versos
como una honda profecía del cielo,
sólo cantando así me doy cuenta
de la dulce embriaguez del arte.

Hasta mi habitación quiero que venga esa tejedora.
Ahora que escribo deseándome una muerte en primavera,
ahora que cada día me reintegro más y más
a la invisible tribu de la sombra...

Autor:
Juan Sánchez Lamouth